A dos meses del fallecimiento de nuestra compañera Mónica Martignano compartimos unas palabras que escribió nuestra compañera Susana Castro.

Mónica Martignano nosotrxs no te olvidaremos y siempre estarás presente!

 

A Mónica Martignago, in memoriam.

En agosto del año 1989, cuando la categoría “menor” –y el paradigma que         la sustentaba-  hacía ya muchos años que eran fuertemente cuestionados,  se crearon en    Quilmes  los Juzgados de Menores  que inauguraron   el Departamento Judicial en esta ciudad. Tuve la suerte de formar parte del Juzgado de Menores Nº 2 a cargo del Dr. Jorge Deferrari durante ocho años y es desde este lugar que escribo, no para ejercitar la nostalgia, sino para apelar a la memoria histórica y al pensamiento dos  movimientos que lxs trabajadorxs no deberíamos abandonar nunca.

Para muchxs de nosotrxs –me incluyo-  el ingreso al Juzgado implicó un cambio favorable en nuestra condición de trabajadorxs en diversos sentidos que obviamente incluyen el salario.  Pero paralelamente, lo hicimos entusiasmadxs y convencidxs que estábamos ante una suerte de proyecto a partir del cual “algo iba a cambiar” (para bien) en la vida de lxs (en ese momento) menores (hoy niños, niñas y adolescentes) en situación  riesgo, (hoy con derechos vulnerados).  El motor básico de esta idea fue Jorge Deferrari   pero muchxs  acompañamos con proyectos que efectivamente pudimos realizar en ese aire de libertad que él habilitó especialmente en los primeros meses.

Contábamos con el ímpetu que nos daba un ejercicio democrático que a esa altura estaba  consolidado, con nuestros deseos de poner en práctica nuestros saberes y experiencias y con algunos sueños.  ¿Porqué queríamos hacer todo eso y de esa manera en un Juzgado de Menores? O para ser mas precisos en un “juzgado”?  ¿Teníamos idea  que estábamos formando parte de la compleja trama sociojurídica de control de la infancia pobre cuyo destino inapelable  era el ajusticiamiento  penal  y/o la tutela  asistencial?![1]

Como testigo y parte de  la época y a riesgo de ser defenestrada,   puedo asegurar  que no, que básicamente  hicimos lo que hicimos intentando algo diferente en ese panorama de horrores y dolores que rápidamente comenzaron a poblar  los pasillos y despachos del Juzgado. De todos modos, es válido el interrogante: ¿por qué allí?. Mirando en perspectiva y habiendo tomado distancia con un enorme esfuerzo, creo que una de las particularidades que Deferrari imprimió a ese dispositivo inicial era justamente la mixtura entre un bloque de empleados  “duro” con experiencia en el andamiaje burocrático judicial y un bloque “difuso” y  crítico que se caracterizaba por intentar diariamente romper ese entramado con iniciativas diversas e innovadoras. Solo por mencionar algunos  ejemplos, este último grupo generó un complejo dispositivo de libertad asistida en el área penal, grupos de contención para adolescentes mujeres y  una “escuelita”  primaria, proyecto concretado  con la activa participación de la  AJB Quilmes.  Solíamos organizar actividades los fines de semana con los pibes y las pibas –campeonatos de futbol, cine-debate, charlas temáticas con actividades grupales entre otras-   a las que gran parte de lxs trabajadoxs   nos sumábamos con la alegría de quien está intentando cambiar algo.   Algunas de estas experiencias fueron registradas y publicadas. Otras no, pero yo las recuerdo vivamente como parte de una etapa de compromiso con los más vulnerables  y también con mi posición como profesional y trabajadora.

Luego los noventa avanzaron con furia sobre todxs nosotrxs, el juez profundizó sus contradicciones, en la vorágine institucional diaria decidió poner mas fichas en el bloque duro y para cuando falleció ya nos habíamos peleado mucho y la institución nos había fagocitado. Lo que siguió fue dantesco: la población “usuaria” del  Juzgado se multiplicó, la pobreza creció, las problemáticas se complejizaron y la institución (con grandes cambios en su estructura interna) avanzó por donde pudo, siempre dentro de los oscuros pasadizos y los  oxidados carriles de la ley 10.067 en un contexto social dramático y violento, imposible de resumir aquí.

Mientras la Constitución de 1994 incorporaba  la Convención de los Derechos del Niño , subía el tono de las   voces críticas que denunciaban la coexistencia paradigmática de esta perspectiva con una estructura legal y de funcionamiento judicial que en la provincia de Buenos Aires respondía a la llamada Doctrina de la Situación Irregular. Al mismo tiempo, el Departamento Judicial de Quilmes creció exponencialmente por esos años: juzgados civiles, penales, de “familia”.   Además de los movimientos de trabajadorxs  que estas nuevas instituciones implicaron, comenzó a visualizarse con claridad una línea divisoria entre el juzgado de menores y el resto de los fueros. A grandes rasgos y para sintetizar, en el imaginario local,  el respeto por la ley y los procedimientos quedó del lado de los nuevos fueros y la improvisación, la discrecionalidad y la chabacanería procesal del lado de “menores”. Si a esto le agregamos que la población “asistida” por  los Juzgados de Menores era casi en su totalidad  “pobre”,  podemos configurar  el origen de un verdadero “huevo de la serpiente”: una amalgama de sentidos y representaciones que comienzan a cristalizar una dicotomía  creciente: menores vs. el resto de los fueros caracterizada esencialmente por una fuerte desigualdad  en la cual el primero, queda definitivamente degradado. [2]  Pero…paren el barco que me quiero bajar!!! Adentro de la institución seguíamos estando  lxs  “trabajadorxs” que queríamos seguir trabajando por fuera de la estigmatización creciente que comenzó a cernirse sobre esa  institución.

El barco sin embargo se hundía inexorablemente y sin capitán. Cada quien saltó por donde pudo: algunxs nunca entendieron que estaba pasando, otrxs se hundieron gritando que el cambio era necesario pero lo que hacíamos en el pasado era mejor y hubo quienes  se abrieron paso y engancharon un bote salvavidas justo a tiempo para mirar desde la orilla el hundimiento, mientras costeaban de su bolsillo la capacitación y la terapia para emprender el viaje al nuevo paradigma.

La transición y el camino hacia una nueva ley para la infancia, fue larga, larguísima. Tuvo varios avisos de final, varias interrupciones y muchos proyectos de ley. Hubo vetos,  apelaciones, medidas cautelares,  plazos, etc., etc. También hubo versiones y contraversiones, rumores, telefonos descompuestos y especulaciones varias. Pero por sobre todas las cosas, hubo desinformación generalizada y falta de responsabilidad del Estado y sus instituciones  para articular acciones responsables  que respetaran  los derechos de  aquellos en cuyo nombre  estaba  mutando el paradigma ( niños,  niñas, adolescentes), y  también respecto al destino laboral de  los trabajadores y las trabajadoras del fuero.

Respecto a los primeros,  solo  diré aquí que  soy de las que adhiere a la posición que señala que –aunque saludables- los cambios legislativos no modifican per se la situación de los  marginados de la estructura social.  Mención especial y  una investigación profunda merecería la situación a la que fueron sometidos los sujetos vulnerados en sus derechos  a partir de  la implementación de la nueva ley, entre otras cuestiones por la   falta de recursos (estructural, histórica)  y la improvisación generalizada en la ejecución de las  “políticas públicas”  que vinieron  a “poner fin” a la judicialización de la pobreza.

Particularmente me interesa reflexionar hoy en torno a la situación de    los trabajadores y trabajadoras del fuero de “menores”.   A  la negatividad asociada a su lugar de pertenencia dentro de la “familia judicial” se sumó  (en el mejor de los casos) la ausencia total de un plan por parte de los “empleadores”  que tomara  en cuenta sus destinos. De este modo, así como el sujeto social de los 90, quedó  librado a los caprichos del “mercado”, desamparado por un Estado que se achicaba y no se ocupa de garantizar los derechos mínimos,   los empleados y empleadas del fuero de menores, quedaron a merced de múltiples malos tratos. Hay muchas historias que narran esas trayectorias tan diversas. Si pudiera las escucharía una por una y las  compilaría en un gran libro que las  rescatara de tanto  olvido y  confusión.

 Quiero puntualizar algo que me produjo un gran  impacto en esos días de hundimiento: ver a gente que admiraba en su condición de trabajador/a preocupada, pidiendo recomendaciones,  apelando a sus amigos  y conocidos  para gestionarse un pase, una “adscripción”,  un algo en “otro fuero”, porque la institución en la que trabajaba también se estaba convirtiendo en un lugar desconocido, con otras reglas que en algunos casos incluían la reserva del “derecho de admisión”. También vi trabajadoras excepcionales que fueron confinadas a completar libros de la mesa de entradas, a coser expedientes, archivar papelitos…porque en la estructura burocrática, siempre hay que empezar de nuevo, nada hace historia.

Pero además de burocrático el campo judicial es profundamente jerárquico, por eso  también conozco historias en las que  compañeras que se aferraron a sus tablas y lograron subirse a otro barco incluso con entusiasmo,   tuvieron que padecer nuevas violencias en sus puestos de trabajo. Violencia cotidiana,  psicológica,  moral, violencia laboral, que disciplina y se ampara  en la impunidad  de las grandes asimetrías, encarnando en seres oscuros y pequeños, que están ahí para aceitar cada día los engranajes que gestionan más violencia.

Por esto apelo hoy  a la capacidad de historizar los acontecimientos que nos construyen como sujetxs trabajadorxs, tripulantes de un barco que atraviesa mares diversos, con capacidad potencial  para organizar espacios colectivos de intercambio y cooperación respetuosa,  por fuera de  la ficción institucional que  mece y enturbia las aguas en las que solo estamos de paso …. trabajando.  Lo hago a casi treinta años de aquella inauguración del departamento judicial de la que fuimos orgullosxs protagonistas y para no olvidar que allí conocí a grandes personas y profesionales, con los que trabajé codo a codo por un espacio judicial más justo, que  además  y hasta hoy son mis amigxs.

Y lo hago especialmente por  la memoria de   Mónica Martignago a quien conocí en un pasillo de “menores”, compañera, amiga y trabajadora  que increíblemente partió hace  dos meses dejando en el aire y en nuestros corazones su risa inconmensurable y  su ejemplo de lucha por un espacio laboral sin violencias.  Presente!

Susana Castro

[1] Resumo en esta frase algunas de las críticas que cuestionaron  al fuero de “menores”.

[2] Por esos días, en los  que algunos nos encontrábamos en los pasillos de espera de alguna entrevista que nos enviara a “un mundo mejor” , un  ex compañero  –que ya hacía un par de años que trabajaba en otro dispositivo  judicial-  me sorprendió con esta frase que ejemplifica la asociación simbólica de dos grupos excluidos: los pobres judicializados  y los agentes judiciales que trabajan en el fuero que los judicializa: “el otro día fui a menores, hacía  mucho que no iba.  Me sentí tan raro, tengo tanta distancia hoy con todo eso!. Hasta sentí un olor particular….”(gesto de asquito).